¿Qué nos pasa? Una víctima por cada cien victimistas

Hace tiempo que vengo observando que la humanidad no valora lo que tiene. Qué básicos sois. Si pudierais mimar cada detalle, cada regalo que nos da la vida… Al final del día, cada uno se toma las cosas como quiere. Y esto es así, no busques más excusas para justificar tus estados de ánimo. Dicen que quien está triste es porque quiere. Estoy de acuerdo. No me vengas con eso de “es que la vida me ha dado tantos palos…”. Pues tienes dos opciones: llorar o hacerte una cabaña. Tú eliges si prefieres emocionarte con lo que te toca o autocompadecerte.


Tras una exhausta investigación de casi cinco minutos, las conclusiones obtenidas (así, a ojo) han sido reveladoras: existe una víctima por cada cien victimistas. ¿Y por qué? Mi teoría es que vivimos en una zona de confort demasiado amplia. No soportamos el dolor o el silencio. Y no nos damos cuenta de que a veces es bueno no tener nada que decir. Todo nos parece un drama. Cerramos los ojos un momento y ya lo llamamos soledad. Más

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No apto para acompañantes

Viaja sola. Comenzó forzada a hacerlo y ahora no se plantea viajar de otra forma. Arrastrada por la inercia acogía los días sin llegar a abrazarlos. Era consciente de estar construyendo una vida sobre pompas de jabón, sobre la débil y efímera espuma. Rodeada de gente que no le daba ni frío ni calor y apartada de la palabra esfuerzo, consiguió un trabajo en el que gozaba de una responsabilidad sobrevenida. Pero por lo que realmente era conocida era por ser la principal potencia exportadora de problemas.

Decenas de años pasaron hasta que despertó de esa mentalidad acrítica con la que se había permitido acariciar el poder. Sin embargo, no contaba con aquel sobrio rechazo detrás de cada puerta que trataba de abrir. Evitando cuidadosamente sumarse a la conocida apatía que protagonizaba sus días pasados, avanzaba en una espesa masa oscura de incertidumbre. Sola. Porque ella siempre viaja sola.