¿Qué nos pasa? Una víctima por cada cien victimistas

Hace tiempo que vengo observando que la humanidad no valora lo que tiene. Qué básicos sois. Si pudierais mimar cada detalle, cada regalo que nos da la vida… Al final del día, cada uno se toma las cosas como quiere. Y esto es así, no busques más excusas para justificar tus estados de ánimo. Dicen que quien está triste es porque quiere. Estoy de acuerdo. No me vengas con eso de “es que la vida me ha dado tantos palos…”. Pues tienes dos opciones: llorar o hacerte una cabaña. Tú eliges si prefieres emocionarte con lo que te toca o autocompadecerte.


Tras una exhausta investigación de casi cinco minutos, las conclusiones obtenidas (así, a ojo) han sido reveladoras: existe una víctima por cada cien victimistas. ¿Y por qué? Mi teoría es que vivimos en una zona de confort demasiado amplia. No soportamos el dolor o el silencio. Y no nos damos cuenta de que a veces es bueno no tener nada que decir. Todo nos parece un drama. Cerramos los ojos un momento y ya lo llamamos soledad. Más

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Mi nombre es Ruido

Soy constante. Hace poco descubrí que algunos me llaman presión y siento que -de alguna forma- tienen razón. Boicoteo todo tipo de equilibrio emocional y consigo impedir que cualquier tipo de mente se aclare. Mi habilidades y capacidades son efectivas en cualquier país… e incluso a distancia.

Me presento: soy Ruido. Pero no soy ese ruido que te estás imaginando. No. Soy algo mucho más sutil: ése que no te deja dormir, ése que sólo puedes oír tú cuando todo lo demás está en silencio.

Es curioso cómo es el ser humano. Pocas veces se queda a solas por no escucharme pero lo cierto es que siempre estoy allí, esperándote. Y tú siempre me prestas demasiada atención. A veces me gustaría hacerte entender que soy mucho más de lo que mi nombre parece significar. Que por mucha presión que pueda suponer, nadie como yo te hará entender que el mejor plan puede ser una maleta deshecha o un acto impulsivo y desinteresado. Más

Los primeros cinco sorbos de café

Me llevo el café a la boca y tomo el primer sorbo del día.

Me gusta desayunar de cara a la ventana. No suelo levantarme de buen humor, así que me entretengo mirando cómo el sol se cuela entre las ramas de la encina. Todo sería mejor si fuera como el sol: adaptable. Incluso las sombras que proyecta son bonitas.

Bebo otro sorbo de café. Más

Zalamea

Miraba el arco de la entrada y dudaba. No sabía si aquello había sido buena idea. Era una mañana preciosa, el segundo día del año. Los pájaros cantaban alto y dulce. Todavía había rocío en las plantas. Todo estaba verde, de un verde muy intenso. Como si alguien hubiera coloreado cada hoja de cada flor. Quizás hubiera apreciado todo eso mucho más de haber sido otras circunstancias.

Toda mi familia estaba en la entrada de aquel lugar. Las gafas de sol pensé, se me han vuelto a olvidar. Paré un segundo para respirar hondo y mostrar mi mejor sonrisa. Notaba el nudo en la garganta. Sabía que si alguien me hacía la pregunta, echaría a llorar. Así que me limité a decir “bien” mientras saludaba a todos. Más

Sobre lo fácil que es todo

¿Ves? Lo fácil que es todo, en el fondo. A los seres humanos nos gusta complicarnos. Simplificar. Esa es la palabra mágica. Un toque de simplicidad y te das cuenta de que todo el marrón que creías estar tragando era una tontería que, a lo mejor, en tres minutos de conversación ya estaba solucionado. Sólo hay que quitar la lupa que amplía la realidad hasta el punto de crear otra nueva. Rompe las lupas, quítate de complicaciones, deja de pensar en ti mismo. La mayoría de los problemas nos los creamos nosotros mismos y sólo están en nuestra mente. Eso nos pasa por puro egocentrismo. Si todo el mundo pensáramos sólo en nosotros mismos, tendríamos depresión. Si todo el mundo dejara de pensar tanto en uno mismo, sería un mundo feliz. Lo que cambia un solo pensamiento, ¿eh?

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Sim

Un paso, dos pasos, tres, cuatro. Ahora sonríe. Di que no. Derecha. Otro paso, otro, otro… Ahora párate.

Me sentía como un personaje de videojuego. Alguien tenía el mando y dirigía mis pasos, escogía en mis decisiones y elegía mis emociones. Recuerdo que a veces esto me parecía cómodo, supongo que era cuando estaba de acuerdo en lo que me mandaban. Pero otras veces, cuando quería hacer otras cosas a toda costa y me lo impedían… era tan frustrante que me entraban ganas de llorar, de rebelarme, de gritar que me dejaran en paz. Pero todos mis esfuerzos eran en vano, ya que al segundo siguiente ya estaba otra vez. Más

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