No es hora de regalar ausencias

El techo de la habitación era el mismo por la noche que a primera hora de la mañana. Sin embargo, mantenía la vista fija en él y el rostro inexpresivo. No entendía cómo había llegado a ese punto. Se pasó la noche en la misma posición. Pensando y no pensando. Sintiendo y sin sentir. Sufría la resaca del que se estuvo tomando su vida como un alarde de contradicciones. Y ahora qué. Repasaba su vida y buscaba el momento en que perdió el control sobre ella.

Sin saber si dar un paso adelante o darse la vuelta y echar a correr, decidió tomar la duda por opción. Vendió su alma a la indecisión. Presumiendo de un intelecto superior que le permitía afirmar una cosa y la contraria al mismo tiempo, se procuró admiradoras en todo momento. Comenzó con el juego de construir ilusiones y romper promesas. Su ego crecía y él se consumía.

Se convirtió sin saberlo en actor, interpretando un personaje que reclamaba ser protagonista de cada escena. Mendigando afecto, buscaba la aprobación de un público. En virtud de ello, escogía a los acompañantes para su espectáculo. Se rodeaba de gente de ‘te quiero’ fácil y se llenaba la boca hablando de sí mismo. Hacía de la provocación un arte, en que las formas eran también el fondo. La vida para él no era más que una cosa tras de otra, ajena a él, lo que le exculpaba de cualquier responsabilidad.

Tan arraigado en el contexto en que había crecido, no supo ver el momento en que comenzó a quedarse solo. Cómodo con su personaje, había aprendido a evadir emociones y a regalar ausencias. Se convirtió en el principal exportador de decepciones, condenado a tararear la misma melodía de siempre.

Ahora, tumbado desde su dormitorio, la realidad se impone. Trata de claudicar de aquella persona en la que no se reconoce, de alejarse de aquel inventario caótico de mentiras que él había creado. Intenta recordar su vida sin aquellos momentos en que decidió convertirse en una parodia de sí mismo. Su vida quedaba en nada. Demasiado final para tan poca historia.

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No sé quién soy ni qué hago aquí

Oscuridad. Era lo único que alcanzaban a ver mis ojos aparentemente ausentes. Sin embargo, si prestaba la suficiente atención, podía escuchar murmullos. No recuerdo desde cuándo me atraparon allí. Simplemente, mi memoria no guarda nada fuera del lugar en el que me encuentro. No sé quién soy ni qué hago aquí.

Pasan las horas, los días, las semanas. Los murmullos son cada vez más fuertes. Quizá no sean más potentes y simplemente es que nacen nuevos. Hace tiempo que me di cuenta de que me encuentro rodeado de palabras. Multitud de ellas. No puedo escucharlas todas, quizá lleguen a un millón. Si presto atención, percibo que unas son más elaboradas que otras: algunas son frases sin sentido, pequeños balbuceos y otras son grandes pensamientos dignos de un doctorando. Más

Tres años desde el Metro de Madrid

¿Cuántas personas han sufrido esto antes que yo? Suspiraba. Cada día volvía más gris todos mis ánimos. Como aquel malabarista frustrado porque nunca fue capaz de mantener cuatro bolas de colores en el aire. Como aquel trapecista fracasado porque el vértigo fue el más fuerte. Y yo, escritor sin palabras, buscando mi musa por cada rincón de Madrid. Quería ver más allá. Encontrar la historia perfecta que llenara cada una de las hojas de ese cuaderno que la aguardaba con curiosidad.

Convencido de que mi historia aparecería en el detalle más cotidiano, asistía a mis veinticuatro horas diarias con interés. Cada mañana me preparaba para ser capaz de reconocer a mi futura novela cuando la viese. Viajando en el Metro, conseguía un considerable dolor de cabeza debido a mis esfuerzos por extraer la máxima información posible de cada conversación, de cada persona. Poco a poco me apagaba e iba perdiendo la esperanza.

Hubo un momento en que me entusiasmó el Metro de Madrid. Tantas personas y tan diferentes, en un espacio tan pequeño. Todos como en su casa pero, al mismo tiempo, terriblemente incómodos. Se miran de reojo unos a otros pero sin atreverse a fijar la vista en ninguna parte en concreto. Y yo, fiel creyente de que mi protagonista estaba a pocos metros de mí -quizá sentado a mi lado-, intimidaba al resto de pasajeros con mis escrutinios constantes.
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