No apto para acompañantes

Viaja sola. Comenzó forzada a hacerlo y ahora no se plantea viajar de otra forma. Arrastrada por la inercia acogía los días sin llegar a abrazarlos. Era consciente de estar construyendo una vida sobre pompas de jabón, sobre la débil y efímera espuma. Rodeada de gente que no le daba ni frío ni calor y apartada de la palabra esfuerzo, consiguió un trabajo en el que gozaba de una responsabilidad sobrevenida. Pero por lo que realmente era conocida era por ser la principal potencia exportadora de problemas.

Decenas de años pasaron hasta que despertó de esa mentalidad acrítica con la que se había permitido acariciar el poder. Sin embargo, no contaba con aquel sobrio rechazo detrás de cada puerta que trataba de abrir. Evitando cuidadosamente sumarse a la conocida apatía que protagonizaba sus días pasados, avanzaba en una espesa masa oscura de incertidumbre. Sola. Porque ella siempre viaja sola.

Mi nombre es Ruido

Soy constante. Hace poco descubrí que algunos me llaman presión y siento que -de alguna forma- tienen razón. Boicoteo todo tipo de equilibrio emocional y consigo impedir que cualquier tipo de mente se aclare. Mi habilidades y capacidades son efectivas en cualquier país… e incluso a distancia.

Me presento: soy Ruido. Pero no soy ese ruido que te estás imaginando. No. Soy algo mucho más sutil: ése que no te deja dormir, ése que sólo puedes oír tú cuando todo lo demás está en silencio.

Es curioso cómo es el ser humano. Pocas veces se queda a solas por no escucharme pero lo cierto es que siempre estoy allí, esperándote. Y tú siempre me prestas demasiada atención. A veces me gustaría hacerte entender que soy mucho más de lo que mi nombre parece significar. Que por mucha presión que pueda suponer, nadie como yo te hará entender que el mejor plan puede ser una maleta deshecha o un acto impulsivo y desinteresado. Más

Minicuento de terror: el último Rey

En una realidad muy lejana a la nuestra que jamás seremos capaces de comprender, existía un amago de país. La gente de aquel lugar tenía una característica conocida y reconocida por todos los territorios vecinos: no podían parar de quejarse. Hasta el punto de llegar a convertirse en motivo de competición entre ellos. Pongamos un ejemplo:

– Estoy harto de estudiar y que me salgan fatal todos los exámenes.

– Eso no es nada. A mí me han salido fatal los exámenes de mis últimos 7 años de vida, así que no tienes derecho a quejarte.

Era como una enfermedad mal curada. Con todo, el reino era apreciado por sus vecinos. Quizá ese victimismo que impregnaba cada aspecto de la vida de los paisanos les hacía parecer más vulnerables a ojos extranjeros. Ese rasgo en su carácter que les hacía transitar entre la bipolaridad y el turismo emocional les hacía realmente exóticos.

Un día, el Rey decidió abdicar. Como era de suponer, después de la siesta -esa era una norma de carácter casi constitucional- se reunieron para exigir un cambio más profundo del que se les estaba ofreciendo: pedían un reino sin Rey. Tras perezosas intervenciones, descansos y demás pausas para el café, lograron ver su objetivo cumplido. La República se había instalado en sus vidas. Más

Cuando la luz remite

Un flash apuntándote a la cara te trae de vuelta a la realidad. A una confusa realidad de la que nada te resulta familiar. Otro flash.

Miras a tu alrededor en busca de algo que puedas reconocer. Estás rodeado de mucha gente que nunca has visto y que te impiden mirar la habitación donde te encuentras. Más flashes. Más

Deshojando flores

No suelo recordar lo que sueño. Tampoco lo intento, nunca tuve buena memoria. Pero ese sueño fue diferente a los demás. Quizás porque parecía mucho más real que otras veces.

Caminaba por un edificio de oficinas lleno de gente. Todo el mundo vestía con chaqueta y corbata y parecían tener más prisa que la que se podían permitir. Las mujeres se esforzaban por correr más rápido sin perder el equilibrio por aquellos tacones de alturas que podrían considerarse tortuorias. De vez en cuando me cruzaba con algún hombre que caminaba mucho más despacio que el resto, encorvado, como si el peso de sus responsabilidades le obligara a moverse de esa forma. Otros iban por el pasillo haciendo eses como quien se ha entregado a la bebida, mendigando los resquicios de su dignidad perdida. Más

Los primeros cinco sorbos de café

Me llevo el café a la boca y tomo el primer sorbo del día.

Me gusta desayunar de cara a la ventana. No suelo levantarme de buen humor, así que me entretengo mirando cómo el sol se cuela entre las ramas de la encina. Todo sería mejor si fuera como el sol: adaptable. Incluso las sombras que proyecta son bonitas.

Bebo otro sorbo de café. Más

Cruzando los dedos

En realidad nunca supe lo que quería pero ese día lo tuve claro. A las 9 de la mañana ya tenía a mi madre quitándome las mantas y animándome efusivamente a que recogiera mi habitación. De paso, decía, ordena tu armario. Miré mi leonera. Creo que fue en ese momento cuando decidí vestirme con lo que fuera, combinara o no. ¿Quién decía que el rojo y el rosa no debían ir juntos? ¿Por qué no puedo llevar puestos siete colores distintos? Supongo que en ese momento me sentí, más que nunca, esclava de mi cultura. Más

Un sueño

Sentada en la orilla del mar, con un vestido de gasas y el pelo largo ondeando como una bandera alrededor de su cara. Miraba hacia el infinito. No serían más de las once de la noche pero estaba oscuro, aunque la luna se reflejaba en el inmenso mar. Estaba en trance, dejándose llevar por el sonido de las olas. Oía murmullos de gente hablando y divirtiéndose por el paseo marítimo, detrás de ella. Ajena a todo, en su momento y lugar favorito, ya sabía lo que iba a pasar. Eso ya lo había vivido antes. Sólo esperaba a que sucediera. Cerró los ojos. Notó que alguien le miraba y los abrió de golpe. Delante de ella había un chico, no mucho mayor que ella. Asintió al desconocido: sabía que vendría. Más

Alimento del alma

Saidi era un chico africano de unos quince años. Todas las mañanas trabajaba en las tierras de su señor sin descanso salvo una media hora para tomar un trozo de pan que distribuían a todos los esclavos. Saidi era esclavo de nacimiento. Le pusieron ese nombre por eso, ya que significa “ayudante”. Su padre siempre le decía cuando era pequeño que nunca olvidara su situación de esclavo si no quería problemas con su amo. Así que le pusieron ese nombre que Saidi tanto odiaba para que nunca olvidara lo que era. Él nunca estuvo de acuerdo y cuando le recordaban que era un esclavo él respondía que trabajaba porque era lo que quería, no porque fuera lo que le mandaban.  Más

Escaleras

En algún lugar de Madrid existe un edificio blanco (o así era en sus inicios) y con unas largas escaleras. Tiene unos ocho pisos y unas dos o tres viviendas por planta. No es un edificio precisamente moderno. Las paredes de las escaleras están pintadas y enmohecidas por el tiempo y no es un edificio que destaque por su buen olor. Cada mañana suben y bajan esas escaleras más de una veintena de personas. Más

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