Conversaciones de madrileños en el transporte público

– Sí, que el Príncipe está muy preparado ya lo sabemos todos. Pero, ¿por qué yo no puedo tener la formación que tuvo el Príncipe también? ¿No es injusto que sólo él tenga ese privilegio? ¡Yo también quiero formarme así! ¿Quién se creen que son?
– Pues… supongo que se creen… [pausa dramática] …¿la realeza?

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Tres años desde el Metro de Madrid

¿Cuántas personas han sufrido esto antes que yo? Suspiraba. Cada día volvía más gris todos mis ánimos. Como aquel malabarista frustrado porque nunca fue capaz de mantener cuatro bolas de colores en el aire. Como aquel trapecista fracasado porque el vértigo fue el más fuerte. Y yo, escritor sin palabras, buscando mi musa por cada rincón de Madrid. Quería ver más allá. Encontrar la historia perfecta que llenara cada una de las hojas de ese cuaderno que la aguardaba con curiosidad.

Convencido de que mi historia aparecería en el detalle más cotidiano, asistía a mis veinticuatro horas diarias con interés. Cada mañana me preparaba para ser capaz de reconocer a mi futura novela cuando la viese. Viajando en el Metro, conseguía un considerable dolor de cabeza debido a mis esfuerzos por extraer la máxima información posible de cada conversación, de cada persona. Poco a poco me apagaba e iba perdiendo la esperanza.

Hubo un momento en que me entusiasmó el Metro de Madrid. Tantas personas y tan diferentes, en un espacio tan pequeño. Todos como en su casa pero, al mismo tiempo, terriblemente incómodos. Se miran de reojo unos a otros pero sin atreverse a fijar la vista en ninguna parte en concreto. Y yo, fiel creyente de que mi protagonista estaba a pocos metros de mí -quizá sentado a mi lado-, intimidaba al resto de pasajeros con mis escrutinios constantes.
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