Tres años desde el Metro de Madrid

¿Cuántas personas han sufrido esto antes que yo? Suspiraba. Cada día volvía más gris todos mis ánimos. Como aquel malabarista frustrado porque nunca fue capaz de mantener cuatro bolas de colores en el aire. Como aquel trapecista fracasado porque el vértigo fue el más fuerte. Y yo, escritor sin palabras, buscando mi musa por cada rincón de Madrid. Quería ver más allá. Encontrar la historia perfecta que llenara cada una de las hojas de ese cuaderno que la aguardaba con curiosidad.

Convencido de que mi historia aparecería en el detalle más cotidiano, asistía a mis veinticuatro horas diarias con interés. Cada mañana me preparaba para ser capaz de reconocer a mi futura novela cuando la viese. Viajando en el Metro, conseguía un considerable dolor de cabeza debido a mis esfuerzos por extraer la máxima información posible de cada conversación, de cada persona. Poco a poco me apagaba e iba perdiendo la esperanza.

Hubo un momento en que me entusiasmó el Metro de Madrid. Tantas personas y tan diferentes, en un espacio tan pequeño. Todos como en su casa pero, al mismo tiempo, terriblemente incómodos. Se miran de reojo unos a otros pero sin atreverse a fijar la vista en ninguna parte en concreto. Y yo, fiel creyente de que mi protagonista estaba a pocos metros de mí -quizá sentado a mi lado-, intimidaba al resto de pasajeros con mis escrutinios constantes.
Más

Anuncios

Está pasando

Tus manos estaban manchadas de tinta negra. Siempre encontraste un inexplicable deleite a escribir con pluma. Aquella ingrata que hacía que tus secretos se expandieran y construyeran aquellas historias que dibujabas a diario. Antes era diferente. Veías algo y todo te sugería un relato. ¿Qué te sucede? ¿A dónde ha ido esa inspiración de la que tanto presumías?

Te dijeron que fueras paciente, que ella volvería. Y tú sigues esperando con tu pluma en la mano. Hojas y hojas de historias emborronadas y arrugadas. Nunca supiste esperar. Porque no hay nada que te dé más miedo que enfrentarte a un folio en blanco.