El aburrientismo: Somos el tiempo que perdemos

El otro día me aburría y empecé a pensar en el aburrimiento. Si… ése que te lleva a hacer cosas aunque no quieras. Como muchos ya saben, soy militante ferviente de una nueva ideología que se resume en lo siguiente:

Somos el tiempo que perdemos.

Dicha ideología no tiene ni fondo ni forma. De hecho, no sirve para nada. Ni siquiera es una ideología. Pero me sirvió para desarrollar mi teoría del aburrientismo. Que no me preguntéis, que contesto…

El aburrientismo es una afición en boga, cada vez más extendida conforme vamos teniendo más oferta de ocio. Y esto es tan cierto como que me enamora la palabra tupperware. Cuantas más opciones de “cosas que hacer cuando estamos aburridos” tenemos, más aburridos estamos. Porque –seamos sinceros– tanta libertad nos abruma. Así que hemos llegado a tener uno de los instrumentos más anti-sistema (anti-sistema aburritivo, evidentemente) en nuestras propias manos y ha provocado en nosotros el efecto contrario. Sí, estoy hablando del Whatsapp y de todas esas plataformas que nos deleitan con el regalo de estar constantemente conectados a todo el mundo. A absolutamente TODO EL MUNDO. Hemos llegado al punto de preferir el aburrimiento a tener que volver a oír el pitidito de reclamo de algún ser social con ganas de charla. Pues no. Que de tu vida me gusta cuando no me la cuentas.

Es entonces cuando te das cuenta de que tu vida está llena de aburrientismo. Si te fijas, siempre quisiste escribir novelas de las que nunca escribiste más de un folio (aquella portada que sólo contenía un sustantivo: tu nombre). Yo, en una ola de inspiración, llegué a escribir hasta tres páginas de “El hombre que susurraba a las lentejas con chorizo”.

En fin, toda aquella creatividad se fue minando conforme el aburrientismo embriagó mi vida. Poco a poco, me descubrí añorando la censura de las dictaduras al escuchar que el arte moderno se componía de piezas musicales de delicadeza indescriptible. Tan sutiles como “dale mamasita tacatá”. Y aquí es cuando comprendí que no entender nada es vocacional.

Otro de los grandes síntomas de que esta corriente te ha conquistado es la solución que le das a los problemas. De repente, todo es excesivamente básico. Da igual el problema o lo que sea que te puedan estar contando. Es posible que el unicornio de tu novio esté destrozando su jardín de tréboles de cuatro hojas y haciéndole profundamente infeliz, que tú siempre contestarás lo mismo: “No lo sé, come algo a ver”. Yo me di cuenta de esto cuando lo único que pedía de aquellas personas que me habían decepcionado en un momento concreto de mi vida era “que se pongan feas”. Tan simple como el mecanismo de un chupete. Pero contundente.

Y eso que no hemos ni empezado a hablar de donde-la-espalda-pierde-su-buen- nombre, que (como si reconociera tu enfermedad aburritiva) crea un imán ultrapoderoso al sofá. Ahí ya puedes decir “venga, ta lue”. Porque ése, querido amigo, es tu fin. Pasado el momento de pensar en cosas absurdas mirando una pared con los ojos en blanco empiezas a no distinguir realidad de ficción. De hecho, tengo algunos recuerdos tan pensados que ya no sé si los viví yo. Entras en un estado de embolia catártico en que dejas de soportar los pensamientos. Y a la gente que piensa. Todo lo que no sea no pensar te parecen alardes de intelecto. “He estado pensando que…”. NO, MIRA, TODOS CREATIVOS A LA VEZ, NO.

Hablo de todo esto en mi nuevo libro “casi, pero no”. Sí, te lo envían a casa. Menos mal que mañana no hay que madurar.

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Sobre las entrevistas de trabajo: Perdona que te interrumpa, pero es que no te he preguntado nada.

Reconozco que soy del tipo de personas que detestan las entrevistas de trabajo. No me gusta venderme: lo que hay es lo que ves. Punto. Sin embargo, tenemos la manía de comer y a veces no tenemos más remedio… Y así estaba yo.

Tras la primera semana buscando trabajo, enseñaba a mis amigos mi perfil de LinkedIn:

– Míralo. Pero míralo bien. Dime: ¿Tú me contratarías DE ALGO?

Esa era yo tratando de convencerme de que alguien ALGÚN DÍA me contrataría de ALGO. Pero, realmente, nadie sabe qué responder cuándo te preguntan eso. Así que te empiezas a preparar para las entrevistas de trabajo que -esperas- serán muy pronto. Más

Por qué no se debería hablar a primera hora de la mañana

– Hoy te puedo acercar a la Castellana si quieres, que no habrá mucho atasco.
– ¡Gracias, Papá! ¿A qué altura puedes dejarme?
– A la altura del suelo.
– Gracias Papi.