Avant la lettre

-Ven, siéntate.

Me quedé mirando a aquella desconocida anciana que me dejaba un sitio en el banco del parque. Por un momento pensé que se dirigía a otra persona pero ella no apartaba sus penetrantes ojos de mí. Obediente, me senté a su lado. Ella volvió a hablar:

-Eres joven.

Yo asentí con la cabeza. No tenía claro a dónde nos iba a llevar esta conversación llena de obviedades. Me limité a permanecer en silencio.

-Tienes prisa – Añadió.

Le miré con sorpresa. Hasta donde yo sabía, estaba sin hacer nada en un parque con una mujer que ni conocía. ¿Eso es tener prisa? Entonces, por primera vez, me volví hacia ella y contesté:

-No sé. ¿La tengo?

Había algo en ella. Algo que me resultaba familiar. Yo conocía a esa señora, seguro.

-Sí. Tienes prisa -sentenció.

Me fijé en sus rasgos, intentando recordar. La mujer se dio cuenta de lo que estaba haciendo y rió. De pronto, me vi reflejada en ella. Y, de algún modo, comprendí.

 

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Cuando la luz remite

Un flash apuntándote a la cara te trae de vuelta a la realidad. A una confusa realidad de la que nada te resulta familiar. Otro flash.

Miras a tu alrededor en busca de algo que puedas reconocer. Estás rodeado de mucha gente que nunca has visto y que te impiden mirar la habitación donde te encuentras. Más flashes. Más

Cruzando los dedos

En realidad nunca supe lo que quería pero ese día lo tuve claro. A las 9 de la mañana ya tenía a mi madre quitándome las mantas y animándome efusivamente a que recogiera mi habitación. De paso, decía, ordena tu armario. Miré mi leonera. Creo que fue en ese momento cuando decidí vestirme con lo que fuera, combinara o no. ¿Quién decía que el rojo y el rosa no debían ir juntos? ¿Por qué no puedo llevar puestos siete colores distintos? Supongo que en ese momento me sentí, más que nunca, esclava de mi cultura. Más