No es hora de regalar ausencias

El techo de la habitación era el mismo por la noche que a primera hora de la mañana. Sin embargo, mantenía la vista fija en él y el rostro inexpresivo. No entendía cómo había llegado a ese punto. Se pasó la noche en la misma posición. Pensando y no pensando. Sintiendo y sin sentir. Sufría la resaca del que se estuvo tomando su vida como un alarde de contradicciones. Y ahora qué. Repasaba su vida y buscaba el momento en que perdió el control sobre ella.

Sin saber si dar un paso adelante o darse la vuelta y echar a correr, decidió tomar la duda por opción. Vendió su alma a la indecisión. Presumiendo de un intelecto superior que le permitía afirmar una cosa y la contraria al mismo tiempo, se procuró admiradoras en todo momento. Comenzó con el juego de construir ilusiones y romper promesas. Su ego crecía y él se consumía.

Se convirtió sin saberlo en actor, interpretando un personaje que reclamaba ser protagonista de cada escena. Mendigando afecto, buscaba la aprobación de un público. En virtud de ello, escogía a los acompañantes para su espectáculo. Se rodeaba de gente de ‘te quiero’ fácil y se llenaba la boca hablando de sí mismo. Hacía de la provocación un arte, en que las formas eran también el fondo. La vida para él no era más que una cosa tras de otra, ajena a él, lo que le exculpaba de cualquier responsabilidad.

Tan arraigado en el contexto en que había crecido, no supo ver el momento en que comenzó a quedarse solo. Cómodo con su personaje, había aprendido a evadir emociones y a regalar ausencias. Se convirtió en el principal exportador de decepciones, condenado a tararear la misma melodía de siempre.

Ahora, tumbado desde su dormitorio, la realidad se impone. Trata de claudicar de aquella persona en la que no se reconoce, de alejarse de aquel inventario caótico de mentiras que él había creado. Intenta recordar su vida sin aquellos momentos en que decidió convertirse en una parodia de sí mismo. Su vida quedaba en nada. Demasiado final para tan poca historia.

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Memorias de Sobaquitilandia

Cuentan que una vez existió una ciudad en un país muy lejano, en el que todos sus habitantes padecían una curiosa enfermedad: bostezaban por la axila. Seamos claros: era un canteo. Parece ser que cuando les entraba sueño, levantaban el brazo derecho y dejaban que el bostezo hiciera el ruido pertinente a través de la axila. Aunque no era nada contagioso, se transmitía de padres a hijos. El resto de habitantes del país encontraban esto muy extraño y lo miraban con cierto temor. Fue por ello por lo que los enfermos decidieron fundar una nueva ciudad en que todos padecieran lo que su país denominaba sobaquitis.

Pasaron los años y ellos crearon su propia comunidad en Sobaquitilandia. Vivían tranquilos y cómodos. Alejados del resto de la sociedad prejuiciosa del país y bostezando por la axila con toda naturalidad.

Sin embargo, un mal día, llegó un tirano al país al que todos contestaban con un “¡Sí, mi General!”. Había decidido invadir el país y hacerse con el poder a través de la fuerza militar. Por lo que cuentan las malas lenguas, era un obseso del protocolo y de la estética.

No tardó en llegar a los oídos del tirano la existencia de aquella pintoresca ciudad. Al enterarse, el General montó en cólera y decidió terminar con aquellos que estropeaban la belleza y equilibrio por la que tanto había luchado por conseguir en aquél país.

El rumor de que el tirano buscaba la eliminación de Sobaquitilandia y de sus habitantes fue recogido con terror por nuestros amigos de brazo alzado. Tras una reunión con los altos cargos de la ciudad, se decidió enviar a todos a diferentes ciudades con la esperanza de pasar desapercibidos. Así, cuando el General llegó a la ciudad, ésta estaba vacía y solitaria.

Su mente privilegiada acertó al pensar que los supuestos enfermos se habían camuflado entre el resto de la sociedad sana para no ser descubiertos y, así, preservar su vida. Los días pasaban mientras el General ideaba un plan para detectar quiénes eran los que padecían sobaquitis. Hasta que dio con él.

Una noche de verano, promovió una película de obligatorio visionado para todas las personas del país. El cine que se dispuso en cada lugar para la proyección, contaba con unas cámaras que estarían grabando a los espectadores durante toda la película.

Así pues, llegado el momento, todos los habitantes del país se encontraban viendo la entretenida obra. Sin embargo, en un punto del final de la misma, la protagonista obsequió a su público con un sonoro bostezo que contagió a todas las salas de aquel país. Fue entonces cuando, sin pensarlo, se alzaban algunos brazos solitarios entre la multitud. Rápidamente, aparecieron de entre los espectadores, hombres armados que detuvieron a estas personas acusándoles de poner en peligro la belleza y legado de todos los habitantes del país con su enfermedad.

En una de las salas se encontraba una pequeña que padecía la enfermedad anteriormente citada. Ella era un alma inquieta que dudaba de todo y de todos. Había notado algo raro en aquella propuesta del General por lo que estaba preparada. En el momento del bostezo, ella alzó los dos brazos simulando estar estirándose. La rapidez de su reacción fue imitada por algunos niños de su antiguo pueblo que, gracias a ello, salvaron sus vidas.

Cuentan que aún hoy hay gente con Sobaquitis entre nosotros, estirándose para disimular su extrenticidad. Ya nadie sabe quiénes son. Quizá nuestros amigos o familiares fueran de aquel pueblo. Hasta el día de hoy, sólo se ha encontrado a una persona de Sobaquitilandia:

AXE

 

Cómo correr más rápido que la vida

Yo miraba a mi abuelo mientras conducía. Pareciera como si no fuera consciente de la velocidad que estaba tomando el coche mientras recorríamos La Castellana. Había puesto una emisora de música folklórica y tradicional. La disfrutaba tanto que, cada minuto que pasaba, subía un poco más el volumen de la radio. Llegó un momento en que no se escuchaba nada del bullicio de la calle.

En uno de los semáforos en rojo en que tuvo que parar, me miró con curiosidad y me dijo:

– Tú eres periodista, ¿no?
– Sí, abuelito.
– Pues vamos a oír un poco las noticias, que seguro que te gustan.

Reconozco que mi cabeza no iba a ser capaz de asimilar más boleros mejicanos, así que agradecí el gesto. No quería ni pensar en qué me habría hecho escuchar en el caso de que le hubiera contestado que estudiaba Empresariales.

Tras comprobar el contenido de tres emisoras que tenía grabadas en su radio, seleccionó una en que se escuchaban a varios tertulianos hablando sobre política. Yo veía que mi abuelo asentía cuando los locutores mostraban su aprobación hacia algún tema. Cuando alguno hablaba sobre un tema que le hacía sentir enfadado, mi abuelo se enfadaba también.

A los diez minutos de lo que fue la tertulia más soporífera de toda la historia, le tomaba el pelo diciendo que su emisora era un panfleto cutre y le animaba a escuchar “un debate de verdad en que no todos estuvieran de acuerdo”.

Él me miró y me dirigió una sonrisa cansada. De repente, fui capaz de ver cada año que había pasado sobre él. El nacimiento de cada hijo, de cada nieto, de cada cana en su cabello.

– Llegará un momento en tu vida en que no tendrás fuerzas para comparar perspectivas porque ya habrás forjado tu propia opinión sobre los temas esenciales. ¿Para qué iba a escuchar algo que ya no me aporta nada?

En silencio, pensaba en cómo correr más rápido que mi vida y postergar ese momento.

Avant la lettre

-Ven, siéntate.

Me quedé mirando a aquella desconocida anciana que me dejaba un sitio en el banco del parque. Por un momento pensé que se dirigía a otra persona pero ella no apartaba sus penetrantes ojos de mí. Obediente, me senté a su lado. Ella volvió a hablar:

-Eres joven.

Yo asentí con la cabeza. No tenía claro a dónde nos iba a llevar esta conversación llena de obviedades. Me limité a permanecer en silencio.

-Tienes prisa – Añadió.

Le miré con sorpresa. Hasta donde yo sabía, estaba sin hacer nada en un parque con una mujer que ni conocía. ¿Eso es tener prisa? Entonces, por primera vez, me volví hacia ella y contesté:

-No sé. ¿La tengo?

Había algo en ella. Algo que me resultaba familiar. Yo conocía a esa señora, seguro.

-Sí. Tienes prisa -sentenció.

Me fijé en sus rasgos, intentando recordar. La mujer se dio cuenta de lo que estaba haciendo y rió. De pronto, me vi reflejada en ella. Y, de algún modo, comprendí.

 

No apto para acompañantes

Viaja sola. Comenzó forzada a hacerlo y ahora no se plantea viajar de otra forma. Arrastrada por la inercia acogía los días sin llegar a abrazarlos. Era consciente de estar construyendo una vida sobre pompas de jabón, sobre la débil y efímera espuma. Rodeada de gente que no le daba ni frío ni calor y apartada de la palabra esfuerzo, consiguió un trabajo en el que gozaba de una responsabilidad sobrevenida. Pero por lo que realmente era conocida era por ser la principal potencia exportadora de problemas.

Decenas de años pasaron hasta que despertó de esa mentalidad acrítica con la que se había permitido acariciar el poder. Sin embargo, no contaba con aquel sobrio rechazo detrás de cada puerta que trataba de abrir. Evitando cuidadosamente sumarse a la conocida apatía que protagonizaba sus días pasados, avanzaba en una espesa masa oscura de incertidumbre. Sola. Porque ella siempre viaja sola.

Mi nombre es Ruido

Soy constante. Hace poco descubrí que algunos me llaman presión y siento que -de alguna forma- tienen razón. Boicoteo todo tipo de equilibrio emocional y consigo impedir que cualquier tipo de mente se aclare. Mi habilidades y capacidades son efectivas en cualquier país… e incluso a distancia.

Me presento: soy Ruido. Pero no soy ese ruido que te estás imaginando. No. Soy algo mucho más sutil: ése que no te deja dormir, ése que sólo puedes oír tú cuando todo lo demás está en silencio.

Es curioso cómo es el ser humano. Pocas veces se queda a solas por no escucharme pero lo cierto es que siempre estoy allí, esperándote. Y tú siempre me prestas demasiada atención. A veces me gustaría hacerte entender que soy mucho más de lo que mi nombre parece significar. Que por mucha presión que pueda suponer, nadie como yo te hará entender que el mejor plan puede ser una maleta deshecha o un acto impulsivo y desinteresado. Más

Minicuento de terror: el último Rey

En una realidad muy lejana a la nuestra que jamás seremos capaces de comprender, existía un amago de país. La gente de aquel lugar tenía una característica conocida y reconocida por todos los territorios vecinos: no podían parar de quejarse. Hasta el punto de llegar a convertirse en motivo de competición entre ellos. Pongamos un ejemplo:

– Estoy harto de estudiar y que me salgan fatal todos los exámenes.

– Eso no es nada. A mí me han salido fatal los exámenes de mis últimos 7 años de vida, así que no tienes derecho a quejarte.

Era como una enfermedad mal curada. Con todo, el reino era apreciado por sus vecinos. Quizá ese victimismo que impregnaba cada aspecto de la vida de los paisanos les hacía parecer más vulnerables a ojos extranjeros. Ese rasgo en su carácter que les hacía transitar entre la bipolaridad y el turismo emocional les hacía realmente exóticos.

Un día, el Rey decidió abdicar. Como era de suponer, después de la siesta -esa era una norma de carácter casi constitucional- se reunieron para exigir un cambio más profundo del que se les estaba ofreciendo: pedían un reino sin Rey. Tras perezosas intervenciones, descansos y demás pausas para el café, lograron ver su objetivo cumplido. La República se había instalado en sus vidas. Más

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