Memorias de Sobaquitilandia

Cuentan que una vez existió una ciudad en un país muy lejano, en el que todos sus habitantes padecían una curiosa enfermedad: bostezaban por la axila. Seamos claros: era un canteo. Parece ser que cuando les entraba sueño, levantaban el brazo derecho y dejaban que el bostezo hiciera el ruido pertinente a través de la axila. Aunque no era nada contagioso, se transmitía de padres a hijos. El resto de habitantes del país encontraban esto muy extraño y lo miraban con cierto temor. Fue por ello por lo que los enfermos decidieron fundar una nueva ciudad en que todos padecieran lo que su país denominaba sobaquitis.

Pasaron los años y ellos crearon su propia comunidad en Sobaquitilandia. Vivían tranquilos y cómodos. Alejados del resto de la sociedad prejuiciosa del país y bostezando por la axila con toda naturalidad.

Sin embargo, un mal día, llegó un tirano al país al que todos contestaban con un “¡Sí, mi General!”. Había decidido invadir el país y hacerse con el poder a través de la fuerza militar. Por lo que cuentan las malas lenguas, era un obseso del protocolo y de la estética.

No tardó en llegar a los oídos del tirano la existencia de aquella pintoresca ciudad. Al enterarse, el General montó en cólera y decidió terminar con aquellos que estropeaban la belleza y equilibrio por la que tanto había luchado por conseguir en aquél país.

El rumor de que el tirano buscaba la eliminación de Sobaquitilandia y de sus habitantes fue recogido con terror por nuestros amigos de brazo alzado. Tras una reunión con los altos cargos de la ciudad, se decidió enviar a todos a diferentes ciudades con la esperanza de pasar desapercibidos. Así, cuando el General llegó a la ciudad, ésta estaba vacía y solitaria.

Su mente privilegiada acertó al pensar que los supuestos enfermos se habían camuflado entre el resto de la sociedad sana para no ser descubiertos y, así, preservar su vida. Los días pasaban mientras el General ideaba un plan para detectar quiénes eran los que padecían sobaquitis. Hasta que dio con él.

Una noche de verano, promovió una película de obligatorio visionado para todas las personas del país. El cine que se dispuso en cada lugar para la proyección, contaba con unas cámaras que estarían grabando a los espectadores durante toda la película.

Así pues, llegado el momento, todos los habitantes del país se encontraban viendo la entretenida obra. Sin embargo, en un punto del final de la misma, la protagonista obsequió a su público con un sonoro bostezo que contagió a todas las salas de aquel país. Fue entonces cuando, sin pensarlo, se alzaban algunos brazos solitarios entre la multitud. Rápidamente, aparecieron de entre los espectadores, hombres armados que detuvieron a estas personas acusándoles de poner en peligro la belleza y legado de todos los habitantes del país con su enfermedad.

En una de las salas se encontraba una pequeña que padecía la enfermedad anteriormente citada. Ella era un alma inquieta que dudaba de todo y de todos. Había notado algo raro en aquella propuesta del General por lo que estaba preparada. En el momento del bostezo, ella alzó los dos brazos simulando estar estirándose. La rapidez de su reacción fue imitada por algunos niños de su antiguo pueblo que, gracias a ello, salvaron sus vidas.

Cuentan que aún hoy hay gente con Sobaquitis entre nosotros, estirándose para disimular su extrenticidad. Ya nadie sabe quiénes son. Quizá nuestros amigos o familiares fueran de aquel pueblo. Hasta el día de hoy, sólo se ha encontrado a una persona de Sobaquitilandia:

AXE

 

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