Las mañanitas de las que hablaba el tal David

Recientemente, la Universidad de Harvard ha publicado uno de sus más importantes y exhaustivos estudios sobre la condición humana. Los resultados dejaron anonadados a los investigadores cuando se encontraron con que el 99,9% de los encuestados coincidieron en un hecho extrapolable a nivel mundial: a nadie le gusta sociabilizar en las mañanas que madruga. A raíz de estos datos totalmente cuantitativos* y científicos, he decidido analizar cualitativamente dicho momento matutino en un ejercicio de observación participante.

*Nota: Los tres encuestados por la Universidad coincidieron contundentemente en la respuesta. El 0,1% que difirió fue porque uno dudó en el último momento. Pero casi nada porque los otros dos le convencieron.

 

** Nota: Para una mejor comprensión, a continuación muestro la transcripción de mis grabaciones del día a día de mi diario sociológico.

Día 1:

Me despierto asustada de un salto. ¿Qué es ese sonido tan desagradable? Me hallo desorientada. Miro a mi alrededor. Todavía está oscuro. ¿Qué me ha despertado cuando ni siquiera ha salido el sol? La naturaleza es sabia y, si ella no aparece, será por algo.

De pronto, recuerdo mi experimento sociológico y que aquel ruido estridente es mi despertador. Lo apago estampándolo contra el suelo. Vaya, lo he roto. (Nota mental: deberé comprar otro en caso de que la investigación no me mate el Día 1).

Voy a la cocina arrastrando los pies y entre gruñidos. Ya hay alguien despierto desayunando. Por alguna razón, eso me molesta. Me mira y me dice algo sonriendo. Sin esperarlo, crece en mí un sentimiento que me empapa de pies a cabeza: odio. Conclusión 1: odio la gente que me habla de ilusión por las mañanas.

Desayuno, hambrienta. De hecho, podría dar un concierto sólo con el sonido de mi tripa. Trato de permanecer narcotizada para ignorar al ente que desayuna delante de mí. Intento controlar sin mucho éxito el odio anteriormente provocado buscando cosas positivas del momento. Conclusión 2: lo bueno de desayunar con este individuo es que puedo revisar si mis defectos siguen intactos.

Estoy saliendo de la cocina cuando oigo que el extraño ser emite unos sonidos que suenan algo así como: “¿Qué tal has amanecido?”. Me doy la vuelta con cara de sorpresa. ¡Ahh! ¡Tanto que gritar y que callar al mismo tiempo! Me fuerzo a contestar dulcemente: “Son las 8 de la mañana y me ha levantado una trompeta en la oreja. Mal, he amanecido mal. ¿Qué tipo de pregunta es ésa?” Conclusión 3: Idiotas tan pronto, no. Por favor.

 

Día 2:

Comienzo a desvariar. Ya no me reconozco. Me gustaba más toda esta gente cuando no existía. Ayer perdí mi trabajo pero tenía tanto sueño que ni recuerdo por qué fue.

El cansancio me aturde. Ha vuelto a sonar el despertador. ¿Quién inventaría ese sistema? ¿A partir de qué segundo se considera tortura dejarlo sonar? Me levanto despacio de la cama y pienso en ir a desayunar. Luego recuerdo al gnomo alegre de ayer y decido ir directa a la ducha. Es pensar en tener que relacionarme con alguien y que me entren ganas de hacer la declaración de la renta. Además, los tontos nunca vienen solos… mejor prevenir que curar. Así que me ducho y salgo a trabajar. Conclusión 4: Una cosa que está bastante bien si quieres empezar el día con fuerza es cerrar el coche con las llaves dentro.

 

Día 3:

Me doy cuenta de que antes de las 11 de la mañana nadie es capaz de empatizar con mi drama. Hablar con alguien por las mañanas y encima tratar de ser alegre es como jurar amor eterno en chanclas. Simplemente no pega.

Me lavo el pelo con agua mineral para alejar mis penas y sentirme un poco menos infeliz. Siento que no hay tejados para tantas piedras.

Hasta aquí llegó mi investigación. El médico me aconsejó, por el bien de mi entorno, que quitara cualquier reloj de mi vida. Todavía tengo secuelas -dicen que irreversibles- del experimento sociológico. O lo que sea.

Conclusión final: A partir de ahora, consideraré todo lo que sea dirigirme la palabra antes de las doce un gesto de mala educación.

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