Avant la lettre

-Ven, siéntate.

Me quedé mirando a aquella desconocida anciana que me dejaba un sitio en el banco del parque. Por un momento pensé que se dirigía a otra persona pero ella no apartaba sus penetrantes ojos de mí. Obediente, me senté a su lado. Ella volvió a hablar:

-Eres joven.

Yo asentí con la cabeza. No tenía claro a dónde nos iba a llevar esta conversación llena de obviedades. Me limité a permanecer en silencio.

-Tienes prisa – Añadió.

Le miré con sorpresa. Hasta donde yo sabía, estaba sin hacer nada en un parque con una mujer que ni conocía. ¿Eso es tener prisa? Entonces, por primera vez, me volví hacia ella y contesté:

-No sé. ¿La tengo?

Había algo en ella. Algo que me resultaba familiar. Yo conocía a esa señora, seguro.

-Sí. Tienes prisa -sentenció.

Me fijé en sus rasgos, intentando recordar. La mujer se dio cuenta de lo que estaba haciendo y rió. De pronto, me vi reflejada en ella. Y, de algún modo, comprendí.

 

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