Cómo un tomate puede arruinar un domingo

Mi madre siempre quiso tener un huerto. Desde donde alcanza mi memoria, es una idea que siempre rondó por su cabeza. Lo que nadie imaginaba eran las consecuencias que traería esa tarde de domingo.

Yo seré muchas cosas, pero paciente no es una de ellas. Así que la idea de crear un huerto, plantar Dios-sabe-qué allí y tener que esperar a que crezca aquello… no. No moría de ilusión con el plan. Así que mi madre embaucó a mis tres hermanas pequeñas y las convenció para que cada una plantara su propia tomatera. Escogió una esquina de la parcela cuya tierra habría desquiciado a cualquier geólogo autorizado en la materia de “piedras donde no plantar tomates”. Con todo, eso no fue problema para iniciarse en el tema. Mis hermanas, locas por tener cualquier tipo de propiedad privada –aunque fuera un tomate–, se unieron en la labor. Más

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