Minicuento de terror: el último Rey

En una realidad muy lejana a la nuestra que jamás seremos capaces de comprender, existía un amago de país. La gente de aquel lugar tenía una característica conocida y reconocida por todos los territorios vecinos: no podían parar de quejarse. Hasta el punto de llegar a convertirse en motivo de competición entre ellos. Pongamos un ejemplo:

– Estoy harto de estudiar y que me salgan fatal todos los exámenes.

– Eso no es nada. A mí me han salido fatal los exámenes de mis últimos 7 años de vida, así que no tienes derecho a quejarte.

Era como una enfermedad mal curada. Con todo, el reino era apreciado por sus vecinos. Quizá ese victimismo que impregnaba cada aspecto de la vida de los paisanos les hacía parecer más vulnerables a ojos extranjeros. Ese rasgo en su carácter que les hacía transitar entre la bipolaridad y el turismo emocional les hacía realmente exóticos.

Un día, el Rey decidió abdicar. Como era de suponer, después de la siesta -esa era una norma de carácter casi constitucional- se reunieron para exigir un cambio más profundo del que se les estaba ofreciendo: pedían un reino sin Rey. Tras perezosas intervenciones, descansos y demás pausas para el café, lograron ver su objetivo cumplido. La República se había instalado en sus vidas.

Pasaron los días y, por alguna razón, la moral del que había sido un reino iba decayendo. Los días se hacían interminables y las conversaciones cada vez menos dinámicas. Los otros reinos y repúblicas comenzaron a investigar el motivo por el que los habitantes parecían más quemados que los tertulianos de Salsa Rosa -programa que, por falta de material, dejó de emitirse al poco de abdicar el Rey y de abolir la monarquía-. Dotados de uno de los mejores bisturíes psicológicos que se han conocido hasta nuestros tiempos, no tardaron en llegar a una conclusión: los individuos no tenían de qué quejarse. Ya no tenían esa cara de “todo lo que no soy yo huele mal”. Ya no presumían de ser la flor y nata del mundo cultural. En otras palabras: habían perdido su modus vivendi.

Encontrada la raíz del problema, decidieron reunirse con los líderes del apático pueblo. No tardaron mucho en convencer a la ciudadanía (NOTA: dense cuenta que ahora -lógicamente- lo outsider era defender a la antigua institución). Según lo acordado, volvieron a instaurar la Monarquía en el reino encarnada por un hombre (muuuy preparado) llamado Philip Vi. De esta forma, consiguieron que sus paisanos recobraran su pasión perdida y se volvieran a quejar con la misma voluntad de hierro de antaño.

Como era previsible, el tiempo que duró el nuevo Rey fue breve. Los gritos republicanos ahogaron a cualquier otro. Los vecinos extranjeros contemplaban la escena perplejos por los eslóganes reivindicativos de los ciudadanos colocados con el mecherito ondeando al viento. Frustrados, comprendieron que -aunque exóticos- eran una sociedad que hacía parecer al Corán un texto fácil de interpretar.

*Ésta es una historia ficticia. Todos los personajes, datos y situaciones son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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