Minicuento de terror: el último Rey

En una realidad muy lejana a la nuestra que jamás seremos capaces de comprender, existía un amago de país. La gente de aquel lugar tenía una característica conocida y reconocida por todos los territorios vecinos: no podían parar de quejarse. Hasta el punto de llegar a convertirse en motivo de competición entre ellos. Pongamos un ejemplo:

– Estoy harto de estudiar y que me salgan fatal todos los exámenes.

– Eso no es nada. A mí me han salido fatal los exámenes de mis últimos 7 años de vida, así que no tienes derecho a quejarte.

Era como una enfermedad mal curada. Con todo, el reino era apreciado por sus vecinos. Quizá ese victimismo que impregnaba cada aspecto de la vida de los paisanos les hacía parecer más vulnerables a ojos extranjeros. Ese rasgo en su carácter que les hacía transitar entre la bipolaridad y el turismo emocional les hacía realmente exóticos.

Un día, el Rey decidió abdicar. Como era de suponer, después de la siesta -esa era una norma de carácter casi constitucional- se reunieron para exigir un cambio más profundo del que se les estaba ofreciendo: pedían un reino sin Rey. Tras perezosas intervenciones, descansos y demás pausas para el café, lograron ver su objetivo cumplido. La República se había instalado en sus vidas. Más

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