Tres años desde el Metro de Madrid

¿Cuántas personas han sufrido esto antes que yo? Suspiraba. Cada día volvía más gris todos mis ánimos. Como aquel malabarista frustrado porque nunca fue capaz de mantener cuatro bolas de colores en el aire. Como aquel trapecista fracasado porque el vértigo fue el más fuerte. Y yo, escritor sin palabras, buscando mi musa por cada rincón de Madrid. Quería ver más allá. Encontrar la historia perfecta que llenara cada una de las hojas de ese cuaderno que la aguardaba con curiosidad.

Convencido de que mi historia aparecería en el detalle más cotidiano, asistía a mis veinticuatro horas diarias con interés. Cada mañana me preparaba para ser capaz de reconocer a mi futura novela cuando la viese. Viajando en el Metro, conseguía un considerable dolor de cabeza debido a mis esfuerzos por extraer la máxima información posible de cada conversación, de cada persona. Poco a poco me apagaba e iba perdiendo la esperanza.

Hubo un momento en que me entusiasmó el Metro de Madrid. Tantas personas y tan diferentes, en un espacio tan pequeño. Todos como en su casa pero, al mismo tiempo, terriblemente incómodos. Se miran de reojo unos a otros pero sin atreverse a fijar la vista en ninguna parte en concreto. Y yo, fiel creyente de que mi protagonista estaba a pocos metros de mí -quizá sentado a mi lado-, intimidaba al resto de pasajeros con mis escrutinios constantes.

Durante estos tres últimos años de búsqueda, me di cuenta de que el Metro contiene la mayor densidad de cultura que hay en Madrid. La mayoría de los viajeros siempre tienen un libro en la mano del que van enseñando adecuadamente el título al resto del personal que se encuentra en el vagón. Cuanto más elevado es el tema del libro, más visible está su portada. ¡Ah, los intelectuales! Con todo, reconozco que me gusta apuntarme los títulos de los libros que veía leer y pensaba en cómo sería la personalidad del que lo estaba leyendo. Ellos nunca sabrían que me recomendaron grandes obras o que me inspiraron pequeños relatos basados en su historia. O lo que yo pensaba que sería su historia.

También pude captar un tenue sentimiento de autocompasión cada vez que las puertas del vagón se abrían. Dicen que el mundo no deja nunca de girar y nosotros, desde el Metro, parecíamos avanzar hacia nuestros objetivos. Por ello, nunca comprendí el porqué de esas miradas estancadas en otros sueños que parecían tan lejanos. Quizá de ahí venía mi desmotivación: la mayoría de mis posibles personajes fingían que seguían vistiendo en pantalones cortos, incapaces de cambiar una realidad que no les llenaba. ¿Cómo crear una historia a través de un personaje de expresión perdida que olvidó luchar por lo que quería? ¿cómo hacer comprender a mi protagonista que una vez quiso algo?

Cuanto más me empapaba yo de un pesimismo que ahogaba mis expectativas y cuanto más me acomodaba en ese tren ruidoso y me iba mimetizando con el ambiente… en ese momento, apareciste tú.

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Rodrigo Saavedra
    May 08, 2014 @ 17:24:18

    Generalmente tus escritos son de aquéllos que alegran el día y sacan sonrisas, esta vez me quito el sombrero ya que me has dejado sin palabras. ¡Felicitaciones!

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  2. Sandra Inchaurraga
    May 08, 2014 @ 17:52:46

    Si alguna vez decides publicar tus escritos compraré todos tus libros. Me has dejado con ganas de seguir leyendo, tienes mucho talento! Sigue así, me encanta como escribes 🙂

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  3. Pablo M
    May 09, 2014 @ 15:18:00

    Impresionante! Me ha encantado

    Responder

  4. María
    May 10, 2014 @ 21:28:43

    Increíble, alucinante y lleno de realismo. Manejas el lenguaje convirtiéndolo en imagen con una gran destreza. Estoy esperando la novela, sin duda, no nos defraudará.

    Responder

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