Cuando la luz remite

Un flash apuntándote a la cara te trae de vuelta a la realidad. A una confusa realidad de la que nada te resulta familiar. Otro flash.

Miras a tu alrededor en busca de algo que puedas reconocer. Estás rodeado de mucha gente que nunca has visto y que te impiden mirar la habitación donde te encuentras. Más flashes.

Te acercan papeles a la mano y tú los firmas sin entender. Están eufóricos y te gritan palabras de júbilo que no logras traducir en tu mente. Algunos estrechan tu mano con energía y te dan palmadas en el hombro. Te comportas como un muñeco de trapo que se deja llevar, como alguien que renunció a su voluntad hace tiempo. Hay muchas cámaras fijando su atención en ti.

Los flashes comienzan a intensificarse hasta que pierdes la visibilidad. Cuando la luz remite, te das cuenta de que estás solo. La gente ha desaparecido. Sigues en la misma habitación blanquecina de hace unos instantes pero ahora puedes verla en su totalidad.

Cuadros. Muchos cuadros. Pero algo te confunde. No hay nada dibujado en ellos. Te das cuenta de que ésa es tu obra, por la que tantas personas han estado felicitándote hace un minuto: un número inabarcable de lienzos en blanco.

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