Cruzando los dedos

En realidad nunca supe lo que quería pero ese día lo tuve claro. A las 9 de la mañana ya tenía a mi madre quitándome las mantas y animándome efusivamente a que recogiera mi habitación. De paso, decía, ordena tu armario. Miré mi leonera. Creo que fue en ese momento cuando decidí vestirme con lo que fuera, combinara o no. ¿Quién decía que el rojo y el rosa no debían ir juntos? ¿Por qué no puedo llevar puestos siete colores distintos? Supongo que en ese momento me sentí, más que nunca, esclava de mi cultura.

Metí mucha ropa en una caja donde escribí “para dar” y me quedé con dos vaqueros y un pantalón corto. Todas las camisetas corrieron la misma suerte. Miré en mis bolsillos. Tenía lo suficiente como para ir comenzar mi aventura: 20 céntimos. La mochila era demasiado grande, pero aun así lo metí todo ahí. Quería salir de mi país, de esa burbuja donde me veía inmersa. Ese lugar en el que todos nos habíamos mimetizado. Todos pensábamos igual pero nadie había vivido nada que avalara sus opiniones. Tenía que irme. Tenía que averiguar quién quería ser. La gente nunca preguntará. Nadie recordará ese momento. Sólo tenía que vivir ese precioso momento sin arrepentimientos. ¿A dónde iré ahora? Sólo tenía que avanzar y, aunque me pierda, cruzar los dedos.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Jaime Olguín
    Jun 18, 2013 @ 21:17:23

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