Zalamea

Miraba el arco de la entrada y dudaba. No sabía si aquello había sido buena idea. Era una mañana preciosa, el segundo día del año. Los pájaros cantaban alto y dulce. Todavía había rocío en las plantas. Todo estaba verde, de un verde muy intenso. Como si alguien hubiera coloreado cada hoja de cada flor. Quizás hubiera apreciado todo eso mucho más de haber sido otras circunstancias.

Toda mi familia estaba en la entrada de aquel lugar. Las gafas de sol pensé, se me han vuelto a olvidar. Paré un segundo para respirar hondo y mostrar mi mejor sonrisa. Notaba el nudo en la garganta. Sabía que si alguien me hacía la pregunta, echaría a llorar. Así que me limité a decir “bien” mientras saludaba a todos.

Entramos, lentos pero sin parar. Y la ví a ella. No llevaba gafas de sol, pero no tenía los ojos rojos. De hecho, sonreía. Mientras la miraba, las ganas de llorar iban creciendo y mis dudas iban cayendo. Me dolía la cabeza. Alguien se me acercó y comenzó con la historia de “cómo has crecido” y “cómo te pareces a tu madre”. Me abrazaba gente que no había visto nunca. Me fui a una esquina desde donde podía verlo todo. Yo no entendía qué hacíamos todos allí. Mi mente estaba llena de ecos de gente en la lejanía, de ruidos e imágenes que me impedían ver lo que estaba viviendo en ese momento. Tuve que ir allí. Estar presente en ese instante y en ese lugar para entender lo que había  pasado.

Y allí estaba. No me podía creer que todo lo que había conocido de él estuviera allí, en ese lugar tan pequeño. E incluso entonces yo rezaba. Señor, yo sé que todo lo puedes. Haz que vuelva. El nudo cedió y eché a llorar. Me avergonzaba de cada una de mis lágrimas. Me senté, alejada de todo, a llorar. Y la veía a ella, a todos, sonriendo. Y yo no era capaz de parar de llorar, trataba de sonreír, pero eso me hacía llorar aún más. En ese momento, se acercó mi tío:

Mira a tu tía, Ana, ¿ves que llore? Mira a tu abuelo, ¿le ves llorar? Están sonriendo, porque saben que Javier está bien, que está con Dios en el cielo. Que está más feliz que nunca y que cuida de ellos desde allí. Algunos mirarán a tu tía y dirán “¡qué endereza!”. Endereza… ¡Y una mierda! Ésto sólo es posible con Gracia de Dios.

Fue allí cuando entendí. En cierto sentido vi a mi tío en todas aquellas personas que habían ido allí. Todos aguantando el tipo, cantando el Zalamea, canción absurda donde las haya, como si nada hubiera cambiado. Y es que nada ha cambiado: Dios nos cuida, Javi nos cuida. No podemos decir que se ha ido porque ha quedado lo mejor de él.

Cuando alguien “se va”, queda siempre lo más suyo. La alegría que transmitía su mujer ese día, era Javi y su fuerza. El ambiente que se respiraba ese día, era Javi y su forma de llevar su vida, hasta el último minuto. ¿Cómo es posible, que aún así, haya gente que diga que se ha ido? Sí, ahora es más feliz. Eso es lo único que ha cambiado.

No merece la pena estar tristes, con eso sólo consigues que los que están a tu alrededor se sientan tristes, y nuestra misión es hacer felices a los que nos rodean. Javier Abollado.

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