Almudena

Dejando de lado cualquier palabra triste o insegura, cada pared manchada, me doy cuenta de que todo vuelve a ser blanco. Y te encuentro tumbada en la cama, y yo, alegre pero a la vez muriéndome de dolor por dentro. Jugando contigo, a veces parecía que olvidabas dónde estabas, a veces me hacías olvidar a mí dónde estábamos.

Y llegó la noche y tuve que marcharme. Una parte de mí quería salir corriendo, pero otra me pedía a gritos que me quedase. Y como siempre, no me dejaron. Con tus dos trenzas y sonriendo me preguntaste si mañana volvería. Te di un beso y sonreí, asintiendo con la cabeza. Aunque había estado horas y horas con ella sin hacer nada más que mirarla, no tenía hambre, ni sed, ni sueño, aunque sí miedo por no verle hasta el día siguiente. Me di la vuelta para irme y, al salir de la habitación, me sorprendí sintiéndome más vieja y más cansada. Lo bueno es que ya me queda menos por lo que llorar.

Pues tu has llenado mis bolsillos
con sonrisas y entusiasmo
y has llenado mi mochila
con el calor de tus abrazos

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