Sobredosis

Desinfectante. Lejía. Y el mismo color blanco de siempre. El blanco es el color de la muerte. Tal vez por eso no me gustan los hospitales. Miradas perdidas, miradas tristes, miradas desesperadas, miradas enrojecidas del llanto… Andar por allí hace sentir ridículo a cualquiera.

Saber que cualquiera podría tener un problema mayor que el tuyo hace ver que no puedes llorar. Sonríes, sólo sonríes. Tampoco se tienen ganas de llorar, ya no quedan lágrimas ni consuelo. Sólo queda un dolor tan intenso que ni lo sientes. Te deja el cuerpo entumecido y dormido. Todo lo que ves parece un sueño lejano a ti. Estás donde nadie puede llegar. Libre de peligros. Sólo estás tú. Te consuela pensar que así es mejor. Ya no te regodeas de la tragedia. Ya no escuchas música lenta, triste y melancólica para dejarte llevar por la tristeza, dejar fluir el dolor, desahogarte. Ya no. Ahora burlas el dolor con canciones alegres. Cualquier cosa por huir. Ya no buscas una pregunta que te haga soltarlo todo, liberarte. Ahora sólo buscas escapar del tema para no tener que enfrentarte a él. Ya no buscas el quedar bien. Ahora sólo buscas el ser invisible. O tal vez no. Tal vez eso te lo digas para consolarte porque has descubierto que así te ven. El llanto de la indiferencia, los gritos silenciosos, la tranquila desesperación… Todo empieza a formar parte de la rutina de tu vida. Cada día distinta y cada día parecida.

Soy invisible y estoy empapada.

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