Carta a un hombre triste

Me gusta pasear, me gusta observar a la gente y pensar cómo es su vida. Me hace gracia encontrarme con una persona a la que ya utilicé para mis adivinanzas. Tú empezaste siendo una de esas personas. Estabas en el parque y vi que andabas arrastrando los pies. De vez en cuando dabas patadas a alguna piedra que te encontrabas por el camino, pero ni siquiera te fijabas dónde caía. Mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, bajo la lluvia y con el pelo empapado imaginaba que habrías tenido una pelea en casa y que habías salido para desahogarte. Recuerdo que pensé: Si mañana no le veo será que lo ha solucionado y que ya no necesitará estar solo.

A los dos días volví al parque. Estaba sentada en un banco cuando te vi de nuevo. Mismo abrigo, misma postura, misma mirada triste. Lo único de novedad que había en ese momento es que no pateabas las piedras. Me di cuenta de que estabas más triste que enfadado. Supongo que debí de estar observándote muy descaradamente porque me miraste fijamente. Ojos marrones, piel blanca, labios de un color muy claro… no debes de tener más de treinta y cinco años, pero esa mirada te hacía inmensamente viejo. Desvié la mirada con un nudo en la garganta. No me quité en todo el día esa imagen de la cabeza. Sentía pena, agobio, compasión y cariño por una persona que no conocía, sólo por ver la tristeza que reflejaba tu rostro.

Por la noche decidí volver al parque al día siguiente para conocerte. Se me había metido en la cabeza el deber, conmigo misma, de ayudarte, de hablar contigo, de hacerte compañía. Cuando volví no te encontré. Esperé toda la tarde, pero no apareciste. Probé suerte al día siguiente, y al otro, y al otro, pero todos con el mismo resultado. Si tú hubieras visto tu cara en ese momento, entenderías por qué hago esto. Todas estas palabras son para demostrarte la belleza de un mundo que, por alguna razón u otra, algo, alguien o alguna situación, no te la deja ver. Déjame que te lo enseñe. Nada es tan triste o preocupante como para dejar de sonreír.

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