Alimento del alma

Saidi era un chico africano de unos quince años. Todas las mañanas trabajaba en las tierras de su señor sin descanso salvo una media hora para tomar un trozo de pan que distribuían a todos los esclavos. Saidi era esclavo de nacimiento. Le pusieron ese nombre por eso, ya que significa “ayudante”. Su padre siempre le decía cuando era pequeño que nunca olvidara su situación de esclavo si no quería problemas con su amo. Así que le pusieron ese nombre que Saidi tanto odiaba para que nunca olvidara lo que era. Él nunca estuvo de acuerdo y cuando le recordaban que era un esclavo él respondía que trabajaba porque era lo que quería, no porque fuera lo que le mandaban. 

Cuando trabaja y veía a los demás esclavos a su lado con mala cara Saidi se ponía a cantar. Siempre supo que uno es todo lo feliz que quiere ser y que los demás esclavos no lo son porque se compadecen de su situación y de sí mismos y no quieren lo que hacen. Al principio, cuando todos trabajaban juntos y enfadados, desentonaba porque siempre sonreía y cantaba. Al cabo de unos meses, pocos eran los que no cantaban al trabajar. No es que les gustara ser esclavos, simplemente lo veían con otros ojos. Los amos podrían quitarles una libertad más física, con la que les obligaban a trabajar y a estar a su merced, pero nunca les podrían gobernar sus estados de ánimo, ni sus pensamientos, ni sus creencias y mucho menos podrían impedir que fueran felices.

Todos los días a las ocho de la mañana iban a trabajar y terminaban a las ocho de la tarde. Las noches eran para Saidi su mejor momento. Solía coger una guitarra que le regaló su abuelo y acariciaba las cuerdas y sentía cada nota, cada acorde. Por un momento olvidaba todo y sólo podía pensar en lo feliz que era. Dejaba que la música le mostrara lo maravillosa que es la vida y cogía fuerzas para afrontar el día siguiente con ganas y alegría. Y, como todos los días, empezaba y terminaba el día cantando, y recordaba lo que su abuelo le enseñó un día:

– Saidi, un sabio dijo un día que la música es el alimento del alma. Ahora a lo mejor no lo entiendes, pero no lo olvides nunca. Nunca sabes cuándo lo vas a necesitar.

Entrada publicada el 22 de septiembre de 2009 en mi antiguo blog Noches de Café.
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