Perspectivas

Eran tan sólo las diez de la mañana, pero eso no era un impedimento para que mi padre me regañara. Estaba tan concentrada en mis cereales, que no hice caso al enfado de mi padre y me limitaba a asentir con la cabeza. Podría haberme propuesto raparnos la cabeza y le habría dicho que sí. En ese momento, mi hermano mayor llegó a la cocina y sirviéndose una taza de café me hizo una mueca burlona. Escuchó lo que mi padre me decía y le daba la razón en todo para lograr enfadarme a mí también.

-¿Cómo se te ocurre escaparte a esas horas de la noche?- rugió mi padre.

-Desde luego…- dijo mi hermano.

-¡Estarás castigado todo el día en tu habitación!

-O mejor, ¡Toda la semana!-añadió mi hermano

-Sí, toda la semana…- Mi padre asentía satisfecho con el castigo que me había impuesto.

-O mejor…-Siguió mi hermano.

-Cállate ya Lucas, sé cómo educar a mis hijos.- Le cortó mi padre.- Ya sabes, Martina, castigada una semana.

-¡Acepto el castigo!- Dije sonriente, con ganas de picar a mi padre. Por alguna razón, no me afectaba el castigo. Hoy me había levantado de buen humor.

-¡Pero..!¿Qué dices?¡Tú no tienes que aceptar nada!¡Te castigo y punto!- Se dio la vuelta y salió de la cocina.

Lucas se reía por lo bajo mientras me miraba curioso. Se sentó enfrente mío y se puso a beber el café en pequeños sorbos sin dejar de mirarme a los ojos. Cuando terminó, dejó la taza encima de la mesa y se cruzó de brazos, acercándose a mí.

-¿Y bien?- Preguntó.

-¿Perdona?

-¿Qué se supone que estuviste haciendo anoche?

-Mmmm, una rareza. Una cosa extrañísima. De hecho, debería patentarla. Yo lo llamo “hablar con la gente”.

-Muy graciosa. ¿Crees que no sé con quién vas?- De repente se puso serio. Su mirada fija en mí me hizo sentirme incómoda.- Hay que saber escoger a los amigos. Soy tu hermano mayor, Martina, y aunque no te lo creas, me preocupa con quien vayas.

-Lucas, no eres mi padre. Además, voy a cumplir los dieciocho, yo creo que soy lo suficientemente madura como para poder escoger a mis amigos.- No quería ser dura con él, sabía que sólo se preocupaba por mí. Pero a veces me cansaba que no me dieran una oportunidad para demostrar a la gente que me puedo valer por mí misma.- Gracias por preocuparte, pero, de verdad, no es necesario.

Me levanté de la mesa y sonriéndole me fui a mi habitación. Estaba castigada, pero yo había quedado. Me puse una cazadora y cogí la mochila, llenándola hasta que casi se hizo imposible cerrarla. Cuando estuve lista, puse la música alta en mi cuarto, cerré con llave la puerta y salí por la ventana.

Fuera me estaba esperando Mateo. Al verme sonrió. Le saludé rápidamente con la mano y nos pusimos en marcha. Cuando volví a mi cuarto a la hora de la comida, estaban llamando a la puerta. Abrí corriendo. Mi padre me miró sorprendido y murmuró que fuera ya a comer. Bajé lentamente las escaleras y me senté en la mesa de la cocina, que se había encargado de colocar mi hermano. Lucas me miró, examinándome.

-¿Qué?- Le pregunté. No podía ser que me hubiera visto irme con Mateo. Había tenido cuidado y había llegado justo cuando mi padre me llamaba a comer.

-¿Crees que no lo sé? Ese Mateo es el guaperas del colegio. El niño malo que fuma y bebe siempre que se le ofrece la oportunidad. No es un buen chico, Martina. Te consideraba lo suficientemente lista como para mezclarte con esa clase de personas, ¡no pensé que te fueras a escapar con él estando castigada!

-Lucas, él no es un mal chico, no lo conoces…-Le dije, suplicándole con la mirada que no lo dijera a nuestro padre.

-Tal vez nunca haya hablado con él, pero lo he visto en varias fiestas. No respeta a las chicas, ¡hazme caso Martina!-Se calló unos segundos y me dijo relajándose un poco-No me mires así, no se lo diré a papá por esta vez, pero como te vuelvas a escapar, lo haré.

Hice un gesto con la mano como para quitarle importancia al asunto justo cuando llegaron mis padres. Comimos animadamente, hablando de temas triviales y sin importancia. Cuando terminamos la comida recogimos la mesa y mi padre me volvió mandar a mi habitación y me dediqué a leer un libro que nunca creí posible terminar hasta que llegó la hora de cenar. Comí rápidamente y me fui a dormir con la excusa de que estaba cansada. En cuanto mis padres también se fueron a su dormitorio, volví a salir por la ventana y, una vez más, estaba Mateo esperándome con su mochila a hombros. Salimos de mi casa en silencio hasta que cruzamos un par de calles y estuvimos seguros de que nadie conocido me oiría.

Desde que salí de mi casa tenía la sensación de que me estaban siguiendo y no hacía más que mirar hacia atrás. Pero no vi a nadie, así que supuse que mi imaginación me estaba jugando una mala pasada y no le di importancia.

Andamos una media hora y llegamos una de las calles del centro de Madrid que desembocaba en una pequeña plaza rodeada de edificios antiguos. Esa plaza estaba llena de gente que iba a los bares y tiendas de los alrededores o salían de fiesta sin reparar en las personas que estaban en el suelo, sucios y cubiertos con ropa rota y vieja. Nos acercamos a ellos y abrimos nuestras mochilas y empezamos a repartir los bocadillos mientras hablábamos con ellos. Los habíamos conocido tan solo tres días atrás, pero nos hablaban como si fuéramos amigos de toda la vida. Les dimos un poco de café y al rato nos despedimos. Seguimos andando sonriendo por lo contentos que se habían quedado nuestros nuevos amigos.

Llegamos a la calle paralela y había otro grupo de gente como el anterior. Los saludamos amigablemente y les dimos sus bocadillos y el café. Seguía con la sensación de que alguien nos había estado siguiendo así que me giré. Me quedé pálida al comprobar que realmente nos estaban siguiendo. Lucas estaba apoyado en una pared de la calle mirándome fijamente de brazos cruzados. Me levanté y fui hacia él como quien va a que le maten. Nos quedamos parados uno en frente del otro y vi que mi hermano no estaba enfadado. Tenía los ojos enrojecidos de haber estado llorando. Le miré preocupada y, cuando le iba a preguntar qué le pasaba, me abrazó.

-Martina, siento haber dudado de ti. Sé que eres buena persona… Pero reconozco que no me esperaba esto de Mateo… Creo que… es algo genial lo que estáis haciendo… y entiendo que a lo mejor a papá no le gusta que vayáis por estas calles… ahora entiendo…- Dijo entrecortadamente por la emoción.

Yo le miré sonriendo.

-¿Vienes con nosotros?- Dije mientras le cogía por el brazo y le acercaba a nuestros amigos de la calle. Él asintió y sonrió. Sé que fue en ese momento cuando mi hermano decidió fundar su organización, de la que ahora es su presidente. Ahora, cientos de voluntarios de toda España de la organización hacen lo mismo que mi hermano nos vio hacer esa noche a Mateo y a mí.

Entrada publicada el 15 de julio de 2009 en mi antiguo blog (Noches de Café).
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