Isabela

-Cinco minutos más y me levanto… -Murmuró Isabela al oír el despertador. Intentó apagarlo a tientas y acabó tirándolo al suelo. Isabela suspiró y se levantó a coger el despertador. Se quedó sentada en la cama, todavía medio dormida, pensando en lo que debía hacer aquel día. “Tengo que estar en la academia en una hora, después ir a comprar la cena, que viene…” Se levantó de un salto, sonriente y abrió el armario.

-¡Odio combinar!- Dijo exasperada mientras buscaba algo que fuera con su camisa amarilla. Optó por unos vaqueros y salió de su casa hacia la academia. Iba andando por la calle sintiendo el viento en su cara y sonriendo a quien se cruzara con ella. Le gustaba ir andando a la academia, a pesar de que tardaba media hora. Se fijaba en la gente e intentaba imaginar la vida que llevaban, si estarían casados, si tenían hijos, cómo eran sus amigos… Compró un café por el camino y cruzó la calle que la separaba de la academia.

La mañana pasó lentamente e Isabela no veía el momento de irse de allí. ¿Qué haría de comer hoy? Como siempre, tendría que comer sola en su casa. Desde que se había independizado, echaba de menos las comidas con compañía. Cuando llegaba a casa se ponía la radio o la televisión para no oír tanto silencio.

Una vez en su casa, abrió la nevera y empezó a comer las sobras de la cena anterior. Tenía que pensar que le iba a hacer de cenar a su invitado. Así que, sonriendo, hojeó un libro de cocina que le regaló su madre. En el fondo, no le conocía mucho. Siempre le miraba en el parque, cuando cogía el cuaderno y pasaba las horas escribiendo. Un día se atrevió a hablarlo y desde entonces, se veían casi todos los días en el mismo sitio. Isabela sentía admiración por él, pero seguramente él la viera pequeña o, simplemente, para él fuera “la del parque”. Pero aún así había quedado a cenar juntos. Él vivía solo y también echaba de menos poder hablar durante las comidas, así que lo invitó a cenar. No sabía si confiar en su espontaneidad o coger un papel y un lápiz y apuntar posibles temas de conversación, no sabía si le gustarían más las cosas saladas o las dulces…

Llegó la noche y se sentaron a cenar. Hablaron de él, de ella, hablaron sobretodo de cosas que la preocupaban y no se había atrevido a contar a nadie. Él la comprendió, la ayudó y la animó. La hizo ver que valía mucho por sí misma, que no necesitaba a nadie que se lo tuviera que reafirmar. Ella no desviaba la vista de sus penetrantes ojos marrones. Sé quedó admirada de la ilusión y la comprensión que desprendían. Sus labios parecían tan suaves que daba miedo tocarlos.

Cuando él se marchó y ella se fue a la cama, se quedó pensando en todo lo que habían hablado. Imaginó la próxima vez que lo vería, lo que le diría, lo que él le contestaría… En el fondo, sólo habían hablado y ella sabía que él sólo estaba empezando a ser un buen amigo pero, por alguna razón desconocida o que no quería reconocer, ella estaba feliz.

Entrada publicada el 8 de agosto de 2009 en Noches de Café (mi antiguo blog)

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